Reforma Constitucional: Democracia vs. Autocracia y el mito de la creación del Hombre Nuevo.
La aprobación de la Reforma Constitucional propuesta por el Presidente de la República tiene como fin, de acuerdo al discurso del propio Presidente, catapultarnos hacia el socialismo del siglo XXI. Esto, a pesar de que el propio mandatario y sus aliados han dicho en reiteradas oportunidades, que el socialismo del siglo XXI es un concepto en construcción y que todos los revolucionarios deben contribuir a su definición. De lo que se desprende, por la falta de contenido conceptual, que por lo menos teóricamente sería un salto al vacío. Sin embargo, en estos tiempos de campaña por el SI a la Reforma Constitucional, el Presidente ha dado algunos asomos de lo que significa tan importante concepto. Nos ha dicho, en sus alocuciones, que el socialismo es “la suprema libertad del hombre”, “el único sistema social capaz de lograr la redención del hombre”, “el mundo de la honradez y la solidaridad”, “la única alternativa de los pueblos”, para sólo citar algunas de las definiciones edulcoradas y lo suficientemente seductoras como para lograr la adhesión masiva de gente de bien, amante de los más supremos valores del hombre como la libertad y la solidaridad con los más débiles. En paralelo y para efectos de ilustrar las bondades de este sistema social, el Presidente le ha dicho al país que el Capitalismo ha sido la causa de todos los males de la humanidad, no reconociendo ni un ápice de los avances logrados bajo este sistema económico.
No creemos que bajo este esquema maniqueo y simplista que echa mano del eterno mito de la lucha entre el bien y el mal, se deba discutir la propuesta de la Reforma Constitucional. Es imposible hacer un debate serio si de lo que se trataría es de escoger entre el feroz y despiadado capitalismo o el salvador y liberador socialismo. Esto por una sola razón, la realidad de los hechos y las propuestas de la Reforma Constitucional apuntan hacia un dilema de corte diferente, el de la democracia versus la autocracia.
Así, más allá de los sugestivos significados que el Presidente le ha venido dando a la palabra socialismo, la terquedad de los hechos y las propuestas que integran la Reforma Constitucional nos conducen a una visión menos romántica del término. Si hacemos caso omiso a lo verbalizado y nos atenemos a las realidades, pareciera que el Presidente se refiere más bien al fracasado socialismo autocrático y represivo que se instauró en la antigua Unión Soviética, o que sobrevive en medio de la miseria y la represión en Corea del Norte o Cuba, y no a los socialismos nórdicos en donde imperan las formas democráticas de gobierno.
¿Cuáles son los indicadores que fundamentan esta apreciación?. En primer lugar nos referiremos a los hechos para luego hacer mención a lo propuesto en la Reforma. Enumeraremos algunos hechos incontrastables: El control absoluto de los poderes por parte del Ejecutivo, el apartheid político y laboral por el sólo delito de pensar diferente al régimen, la jerga antiimperialista, el silenciamiento de medios de comunicación por ardides legales o por la autocensura vergonzosa, el atenazamiento del mundo cultural, el culto al líder, la hegemonía comunicacional, el discurso de odio para enfrentar sectores sociales, el nepotismo, la impunidad si el delito es cometido por simpatizantes, el arrinconamiento de los productores y empresarios, la imposición de una ideología oficial en la escuela, la arbitrariedad en la aplicación de la Ley, y como es de suponerse, el cerco a las universidades autónomas, tradicional enemigo de las autocracias de todo tipo en todo el mundo. Recordemos el ¡muera la inteligencia!, del General fascista Millán Astray, frente al ¡venceréis pero no convenceréis!, de Don Miguel de Unamuno, Rector Magnifico de la prestigiosa Universidad de Salamanca.
Hasta aquí, los hechos tercos e inocultables no dejan lugar a dudas sobre la verdadera naturaleza del tipo de socialismo que se quiere imponer. Ahora nos referiremos a la Reforma Constitucional, cuyas propuestas, a nuestro entender, indefectiblemente le darían legalidad a la autocracia. Presentaremos solo algunas de ellas: el aumento de competencias para el Presidente de la República, la reelección indefinida o continua bajo el pueril argumento de la necesidad de terminar la obra de gobierno, la extensión del período presidencial a siete años sin justificación alguna (debe ser que no la merecemos), la designación a dedo de los representantes de otros poderes públicos como el Poder Popular, la limitación de la propiedad privada, la disminución del poder de los gobernadores y alcaldes, entre otras menudencias. Estas propuestas apuntan a lo que el distinguido constitucionalista venezolano Doctor Enrique Sánchez Falcón ha venido reiterando en diversos escenarios, el otorgamiento de rango constitucional al poder personal del Presidente.
Estamos entonces ante un tipo muy particular de socialismo (nada original por cierto), el socialismo autocrático. ¿Pero qué es la autocracia?. Para el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española la autocracia se define como el sistema de gobierno en el cual la voluntad de una sola persona es la suprema ley. Esta definición la acompañaremos con lo expresado por el Dr. Marcelo Castro Corbot sobre lo que es un autócrata, nos dice este eminente filósofo argentino que un autócrata es la persona que ejerce por sí sola la autoridad suprema de un Estado sea capitalista, socialista o de cualquier otra naturaleza económica, política o religiosa.
Ahora bien, es propio de las autocracias de cualquier signo recurrir a un entramado ideológico que sirva para justificar ante la historia, y sobretodo ante su propio pueblo, los dictados megalómanos del autócrata. Se nos dirá que esto es característico de todos los regímenes, quizás sea cierto, pero con una diferencia, en las democracias se busca el consenso por la vía del convencimiento voluntario, mientras que en las autocracias se buscan consensos artificiales por la imposición y el amedrentamiento. En las democracias cohabitan, a veces con mucha tensión, diferentes ópticas y formas de desenvolverse socialmente, pero a diferencia de los regimenes autocráticos, se crean mecanismos de preservación de los derechos de las diferencias motivadas por razones políticas, religiosas o de cualquier otra índole. En las autocracias, por el contrario, se impone una sola óptica y una sola forma de vida bajo el argumento de ser la vía para concretar la utopía del Hombre Nuevo que exige la Nueva Sociedad solidaria y libertaria. Esta mitología esperanzadora la encontramos de manera recurrente en la Alemania Nazi, en la Italia Fascista, en las experiencias socialistas inspiradas en el Satlinismo y en las sociedades fundamentalistas de signo religioso. En estas sociedades, con algunas diferencias en el contenido pero similares en las formas, el mito del Hombre Nuevo se convierte en palanca política cuando se le da como contenido la prescripción de las acciones que se deben llevar a cabo para lograr el estado ideal. Si bien estas acciones pudieran estar acompañadas de valores universalmente aceptados como la solidaridad y la honestidad, adquieren rasgos preocupantes cuando se entremezclan con valores poco democráticos como la intolerancia, la xenofobia, la homofobia, la discriminación y la destrucción de todo aquel que se oponga al logro de la utopía, trátese de judíos, occidentales, ricos, negros, infieles o contrarrevolucionarios para solo mencionar algunos casos conocidos.
En el caso venezolano, que es el que nos ocupa, el mensaje desde las más altas esferas del poder político recurre de manera reiterada al mito esperanzador del Hombre Nuevo y la Sociedad Nueva como desideratum de la acción política. Al principio operó como enunciado más o menos formal del discurso proselitista, pero avanzada la toma y control de las instancias de poder, pasó a convertirse en la ideología justificadora de toda acción política y por tanto en la ideología oficial.
Las revoluciones de cualquier signo llegan para quedarse y la manera de asegurar las lealtades en un futuro mediato es haciendo que las generaciones futuras asuman como suyo el mito del Hombre Nuevo, siendo el mejor medio para ello la educación. Esto explicaría como, paralelamente a la Reforma Constitucional que conduciría a la Nueva Sociedad Socialista, se pretende imponer una Reforma Curricular en el Sistema Educativo que aseguraría a su vez las necesarias adhesiones que defenderían la utopía a costa inclusive de la propia vida.
Basta echar un vistazo a la historia para aseverar que el mito del Hombre Nuevo con su halo de romanticismo e idealismo libertario, terminó convirtiéndose en una suerte de zanahoria incapaz de ser alcanzada por el lento y pesado carromato del autoritarismo. Nada hace suponer que en nuestro país sucederá algo diferente.
Apreciado auditórium, muchas gracias por su paciencia
Dr. Tulio Ramírez
Profesor Titular
No creemos que bajo este esquema maniqueo y simplista que echa mano del eterno mito de la lucha entre el bien y el mal, se deba discutir la propuesta de la Reforma Constitucional. Es imposible hacer un debate serio si de lo que se trataría es de escoger entre el feroz y despiadado capitalismo o el salvador y liberador socialismo. Esto por una sola razón, la realidad de los hechos y las propuestas de la Reforma Constitucional apuntan hacia un dilema de corte diferente, el de la democracia versus la autocracia.
Así, más allá de los sugestivos significados que el Presidente le ha venido dando a la palabra socialismo, la terquedad de los hechos y las propuestas que integran la Reforma Constitucional nos conducen a una visión menos romántica del término. Si hacemos caso omiso a lo verbalizado y nos atenemos a las realidades, pareciera que el Presidente se refiere más bien al fracasado socialismo autocrático y represivo que se instauró en la antigua Unión Soviética, o que sobrevive en medio de la miseria y la represión en Corea del Norte o Cuba, y no a los socialismos nórdicos en donde imperan las formas democráticas de gobierno.
¿Cuáles son los indicadores que fundamentan esta apreciación?. En primer lugar nos referiremos a los hechos para luego hacer mención a lo propuesto en la Reforma. Enumeraremos algunos hechos incontrastables: El control absoluto de los poderes por parte del Ejecutivo, el apartheid político y laboral por el sólo delito de pensar diferente al régimen, la jerga antiimperialista, el silenciamiento de medios de comunicación por ardides legales o por la autocensura vergonzosa, el atenazamiento del mundo cultural, el culto al líder, la hegemonía comunicacional, el discurso de odio para enfrentar sectores sociales, el nepotismo, la impunidad si el delito es cometido por simpatizantes, el arrinconamiento de los productores y empresarios, la imposición de una ideología oficial en la escuela, la arbitrariedad en la aplicación de la Ley, y como es de suponerse, el cerco a las universidades autónomas, tradicional enemigo de las autocracias de todo tipo en todo el mundo. Recordemos el ¡muera la inteligencia!, del General fascista Millán Astray, frente al ¡venceréis pero no convenceréis!, de Don Miguel de Unamuno, Rector Magnifico de la prestigiosa Universidad de Salamanca.
Hasta aquí, los hechos tercos e inocultables no dejan lugar a dudas sobre la verdadera naturaleza del tipo de socialismo que se quiere imponer. Ahora nos referiremos a la Reforma Constitucional, cuyas propuestas, a nuestro entender, indefectiblemente le darían legalidad a la autocracia. Presentaremos solo algunas de ellas: el aumento de competencias para el Presidente de la República, la reelección indefinida o continua bajo el pueril argumento de la necesidad de terminar la obra de gobierno, la extensión del período presidencial a siete años sin justificación alguna (debe ser que no la merecemos), la designación a dedo de los representantes de otros poderes públicos como el Poder Popular, la limitación de la propiedad privada, la disminución del poder de los gobernadores y alcaldes, entre otras menudencias. Estas propuestas apuntan a lo que el distinguido constitucionalista venezolano Doctor Enrique Sánchez Falcón ha venido reiterando en diversos escenarios, el otorgamiento de rango constitucional al poder personal del Presidente.
Estamos entonces ante un tipo muy particular de socialismo (nada original por cierto), el socialismo autocrático. ¿Pero qué es la autocracia?. Para el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española la autocracia se define como el sistema de gobierno en el cual la voluntad de una sola persona es la suprema ley. Esta definición la acompañaremos con lo expresado por el Dr. Marcelo Castro Corbot sobre lo que es un autócrata, nos dice este eminente filósofo argentino que un autócrata es la persona que ejerce por sí sola la autoridad suprema de un Estado sea capitalista, socialista o de cualquier otra naturaleza económica, política o religiosa.
Ahora bien, es propio de las autocracias de cualquier signo recurrir a un entramado ideológico que sirva para justificar ante la historia, y sobretodo ante su propio pueblo, los dictados megalómanos del autócrata. Se nos dirá que esto es característico de todos los regímenes, quizás sea cierto, pero con una diferencia, en las democracias se busca el consenso por la vía del convencimiento voluntario, mientras que en las autocracias se buscan consensos artificiales por la imposición y el amedrentamiento. En las democracias cohabitan, a veces con mucha tensión, diferentes ópticas y formas de desenvolverse socialmente, pero a diferencia de los regimenes autocráticos, se crean mecanismos de preservación de los derechos de las diferencias motivadas por razones políticas, religiosas o de cualquier otra índole. En las autocracias, por el contrario, se impone una sola óptica y una sola forma de vida bajo el argumento de ser la vía para concretar la utopía del Hombre Nuevo que exige la Nueva Sociedad solidaria y libertaria. Esta mitología esperanzadora la encontramos de manera recurrente en la Alemania Nazi, en la Italia Fascista, en las experiencias socialistas inspiradas en el Satlinismo y en las sociedades fundamentalistas de signo religioso. En estas sociedades, con algunas diferencias en el contenido pero similares en las formas, el mito del Hombre Nuevo se convierte en palanca política cuando se le da como contenido la prescripción de las acciones que se deben llevar a cabo para lograr el estado ideal. Si bien estas acciones pudieran estar acompañadas de valores universalmente aceptados como la solidaridad y la honestidad, adquieren rasgos preocupantes cuando se entremezclan con valores poco democráticos como la intolerancia, la xenofobia, la homofobia, la discriminación y la destrucción de todo aquel que se oponga al logro de la utopía, trátese de judíos, occidentales, ricos, negros, infieles o contrarrevolucionarios para solo mencionar algunos casos conocidos.
En el caso venezolano, que es el que nos ocupa, el mensaje desde las más altas esferas del poder político recurre de manera reiterada al mito esperanzador del Hombre Nuevo y la Sociedad Nueva como desideratum de la acción política. Al principio operó como enunciado más o menos formal del discurso proselitista, pero avanzada la toma y control de las instancias de poder, pasó a convertirse en la ideología justificadora de toda acción política y por tanto en la ideología oficial.
Las revoluciones de cualquier signo llegan para quedarse y la manera de asegurar las lealtades en un futuro mediato es haciendo que las generaciones futuras asuman como suyo el mito del Hombre Nuevo, siendo el mejor medio para ello la educación. Esto explicaría como, paralelamente a la Reforma Constitucional que conduciría a la Nueva Sociedad Socialista, se pretende imponer una Reforma Curricular en el Sistema Educativo que aseguraría a su vez las necesarias adhesiones que defenderían la utopía a costa inclusive de la propia vida.
Basta echar un vistazo a la historia para aseverar que el mito del Hombre Nuevo con su halo de romanticismo e idealismo libertario, terminó convirtiéndose en una suerte de zanahoria incapaz de ser alcanzada por el lento y pesado carromato del autoritarismo. Nada hace suponer que en nuestro país sucederá algo diferente.
Apreciado auditórium, muchas gracias por su paciencia
Dr. Tulio Ramírez
Profesor Titular

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